miércoles, 1 de junio de 2011

LA UNIVERSIDAD QUE NO ES





Miércoles 01 de junio de 2011 / p. 18

Atada, como estoy, a los valores universitarios: la razón, el optimismo, el pacifismo, la refutación al argumento de autoridad con criterios lógicos, el respeto a los derechos humanos, la consideración de la dignidad individual y otros, me cuesta la mayoría de las veces conceptuar los acontecimientos cotidianos del Núcleo de Sucre de la Universidad de Oriente como parte de una vivencia universitaria.

Los valores señalados arriba forman parte, según lo que me enseñó mi profesor de Historia Universal en el bachillerato, de los postulados principales del Humanismo sobre los cuales surge, a su vez, el Renacimiento que, al retomar el interés por la cultura clásica, reactiva el conocimiento y la idea de progreso frente al dogmatismo eclesiástico preponderante en la Edad Media. El Renacimiento generalmente se considera como un movimiento artístico (que produjo genios como Miguel Ángel Buonarroti , Leonardo Da Vinci y Sandro Boticelli, o, para decirlo mejor, obras como El David, la Gioconda, y el Nacimiento de Venus), pero que provocó un profundo impacto en los diferentes campos de la vida, lo cual daría origen a un movimiento de tal magnitud que implicó una revisión de todos, absolutamente todos, los órdenes de la vida social conocidos hasta el momento, desde lo más profano hasta lo más sagrado; hablamos de La Ilustración, etapa a la que algunos autores han llamado Era de la Razón. En este magma de ideas se desarrolla la universidad moderna, y en el debate sobre la permanencia y perfeccionamiento del Humanismo (como base para la producción de los conocimientos requeridos por las nuevas realidades) están las instituciones mundiales que pueden llamarse, por ello, universitarias. Pero nosotros no.

Nosotros vivimos en una realidad muy diferente. Sufrimos cotidianamente los efectos de los actos de aquellos que viven la universidad como un proyecto de usufructo personal –sea búsqueda de prestigio social, de negocios, de conveniencia política o como mecanismo de compensación psíquica- y se atenderán o no aspectos de la vida universitaria si estos están emparentados directamente con esas posibilidades. Esa ausencia del criterio universitario en todos los niveles impacta sobre la habitabilidad del campus, sobre la eventualidad del control de la calidad docente y su desempeño (por ejemplo, es común escuchar decir a los estudiantes que tal profesor nunca viene a clases, pero todos los estudiantes “aprueban” la materia), sobre la imposibilidad de implementar mecanismos de control que tiendan hacia la transparencia y democratización de los recursos, sobre las relaciones interpersonales donde se privilegiará más la sumisión a los factores de poder que a la preparación académica, sobre el compromiso individual y los sentimientos hacia nuestra universidad.

Para ponerlo más llano: vivimos en un Núcleo arruinado, sucio, sin condiciones docentes en la mayoría de los espacios. Sufrimos grandes vacíos teóricos generados por docentes irresponsables. Estudiamos y trabajamos en una universidad sin bibliotecas actualizadas. Vivimos, a diferentes instancias, amenazados por el terrorismo político y también por el “académico”. Nos debatimos en una constante inquietud -no tenemos certeza de poder comenzar o de terminar una clase-. No dejamos de asombrarnos de los extremos a los que llegan las relaciones de poder; nos molestamos, nos deprimimos, nos sentimos desamparados. Conozco muchos trabajadores universitarios que se las arreglan para poder jubilarse lo antes posible. Pareciera que lo poco que podamos hacer no significará nada ante la magnitud de la crisis que vive esto que aun continuamos llamando “universidad”.

A pesar de todo, para algunos esta universidad sigue cumpliendo una labor simbólica: recuerda lo que es posible de hacerse, como lo hicieron en su vida miles de hombres que han sido los mejores de sus tiempos y en sus disciplinas científicas. Es el ícono del ingenio humano, el signo de la inteligencia, el lugar donde se origina el bienestar social. John Stuart Mill aseguraba que la universidad no era el lugar donde se instruían las profesiones sino donde se hacía al hombre sensible y constante; los médicos, abogados, ingenieros, etc., serían capaces si fueran sensibles y estables.

Se dice que el símbolo es lo que no es. Ningún símbolo es, en sí mismo, lo que representa. Así veo yo la universidad simbólica que vivo: la universidad que no es.


Profa. Graciela Acevedo

Dpto. Sociología

udistasns@gmail.com

http://udistasns.blogspot.com

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