jueves, 21 de junio de 2012

EL DIENTE ROTO O EL ARTE DE HACERSE EL PENDEJITO


REGIÓN,  miércoles 13 de junio de 2012, p. 12 3
Profa. Graciela Acevedo
Dpto. Sociología UDO-Sucre
http://udistasns.blogspot.com

Si usted fue criado escuchando los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo entenderá rápidamente el sentido de estas líneas. Tío Conejo usa recursos impensables para enfrentar (como recurso extremo apelará a su velocidad para huir) la fuerza de Tío Tigre y siempre termina ganando. Podríamos decir, junto con algún estudioso, que esa exposición temprana a las hazañas de Tío Conejo puede haber fomentado entre nosotros uno de nuestros rasgos característicos: la viveza criolla.
Se han escrito algunos ensayos sobre la condición de la viveza criolla, esa característica que nos hace dibujar una sonrisita automáticamente cuando a ella se hace referencia. Si nos detenemos a pensar la viveza criolla -cosa que no es fácil, porque vivimos en ella sin conciencia, como el pez en el agua-, encontramos destellos de una inteligencia que nos permite resolver, creativamente, problemas que no podrían resolverse sin cambiar de perspectiva. Pero la viveza del venezolano tiene unas facetas que, a algunos, nos dejan perplejos como la costumbre de contar con pelos y detalles las peripecias de las que algunos vivos se valen para lograr un objetivo sobrepasando las normas; vemos a los vivos reír socarronamente contando a viva voz las transgresiones de las que se han valido en muchas circunstancias: cómo lograron copiarse en un examen, sobornar a un fiscal, evadir una cola, imposibilitar a un contendor, etc. No sólo violamos las normas, sino que lo celebramos abiertamente y nos ponemos como ejemplo a seguir.
Me llama la atención el uso generalizado de las expresiones “con mi cara de pendejo, o de pendeja, bien administrada”, “hecho el pendejito” con las que la gente celebra ciertos logros. ¡La mayor expresión de viveza es hacerse el pendejo! Es un fenómeno digno de un estudio. Pero si bien la viveza de alguna gente suscita cierto grado de alarma, cuando la viveza criolla se produce en el ámbito de la academia adquiere ribetes escandalosos.
Que se logren posiciones académicas haciéndose el pendejito es un contrasentido a todas luces. En este punto voy a permitirme contradecir la opinión según la cual es Tío Conejo nuestro modelo de viveza para decir que, por lo menos en la academia, podría ser también en la política, el modelo de viveza es el de Juan Peña. Juan Peña, del que nos cuenta Pedro Emilio Coll que “de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo”, aquel que veía crecer su reputación “de hombre juicioso, sabio y "profundo"” mientras que en la oscuridad de su boca acariciaba su diente roto, sin pensar.
Vemos a algunos personajes que nunca demostraron en su formación ningún brillo académico, aparecer ahora como brillantes administradores de su imagen. Los miramos recibiendo elogios y aceptando cargos –puede ser rodeados de libros que nunca leen– y enunciando una profundidad posada. Creen, seguramente, que pueden engañar a todos y no se percatan que están convertidos en caricaturas, que están desperdiciando su tiempo, porque, como Juan Peña, nunca se han detenido a pensar… Llegará el momento en que por ellos doblen las campanas sin que hayan asumido la condición que los hace hombres de verdad y no simples acariciadores de dientes rotos. Alguna vez alguien se preguntará por sus obras y los encontrará desnudos como al rey que, acostumbrado a los halagos, no se percataba que andaba por la vida en cueros.
Si revisamos la literatura picaresca, encontramos que recoge la viveza desde hace por lo menos quinientos años. No es fácil erradicar comportamientos fomentados desde la infancia; no es sencillo deslastrarse de la savia que recorre los vasos capilares de la historia. Algunos teóricos consideran que la viveza forma parte del inconsciente colectivo de los pueblos latinoamericanos. 
Seguiremos amando a Tío Conejo, pero sería interesante que le sumáramos a ese amor la otra simbología que el animalito tiene. El conejo ha sido utilizado como símbolo de fertilidad, de velocidad, de agilidad… Lewis Carrol lo utiliza en “Alicia en el País de las Maravillas” como un imagen para representar el asombro. Siguiendo al conejo podríamos descubrir un mundo maravilloso. Ese debería ser el papel de los académicos.

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